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La literatura y el canon literario

 


                                               LA LITERATURA JUVENIL Y EL CANON

                                                                             LITERARIO




Para comenzar, mi proposito al escribir esta pagina es para atraer la atencion sobre algunos
aspectos que personalmente me parecen interesantes en el panorama, cada vez mas
amplio, de la reflexion general sobre la literatura juvenil. Inciando con algunas consideraciones
teoricas en torno a los conceptos de literartura juvenil y del canon literario de esta literatura y 
seguido de comentarios personales acerca de la literatura.






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CONCEPTO DE "LITERATURA JUVENIL" Y SU DEFINICION COMO
GENERO LITERARIO

La impresión general que se tiene al tratar el tema de la literatura juvenil (LJ)es que, de unos años a esta parte, el “estado de la cuestión” se encuentra en plena efervescencia, rebasada la fase inicial de estudios y análisis en torno a su existencia como género literario con entidad propia. Es decir, se ha superado en gran medida la cuestión de si existe o no la literatura juvenil y se considera de forma generalizada que esta literatura, en efecto, existe. Lo demuestra, como apuntábamos más arriba, la multitud de títulos y colecciones presentes en el actual mercado editorial y que se orientan a lo que hoy se llama lector preadolescente y adolescente o, si se prefiere, lector juvenil.  A todas estas publicaciones juveniles actuales, creaciones de autor dirigidas a un lector joven, -casi siempre narraciones-, habría que sumar las obras que tradicionalmente han leído los jóvenes y que todos conocemos como “clásicos juveniles”.


También es cierto que la mayor parte de los estudios y análisis sobre el tema adjetivan la literatura juvenil - y nos referimos aquí a la literatura juvenil actual-como una literatura de no muy buena calidad, “una literatura de estilo indefinible y de una inequívoca mediocridad” en opinión de Victoria Fernández. “La mayoría de estas obras juveniles”, apunta esta misma autora, “no resisten una comparación seria con la narrativa para adultos; es más, ni siquiera merecerían la atención de los editores por su escaso interés y calidad literaria” (Fernández, 1995, p. 5)

 


El principal obstáculo con el que nos encontramos al hablar de literatura juvenil (LJ) es el de diferenciarla de la literatura infantil (LI), puesto que a menudo ambas literaturas se han solido integrar bajo la denominación global de literatura infantil y juvenil (LIJ), (algún autor, por ejemplo, Enzo Petrini, ha utilizado el término de literatura juvenil   para abarcar también la infantil). Tal vez el carácter transitorio, breve y, en muchos casos, inaprehensible, que desde el punto de vista psicoevolutivo ofrecen la adolescencia y la juventud como edad de paso desde la infancia a la madurez, haya complicado aún más una definición satisfactoria de la literatura juvenil, desde la perspectiva concreta del receptor literario.





LA CALIDAD Y EL CANON LITERARIO DE LA LITERATURA JUVENIL



La cuestión de la “calidad literaria” de la literatura para jóvenes aparece como uno de los temas más cuestionados, cosa que ocurría y ocurre también con la literatura infantil, si bien el tema del “canon literario” de la literatura para niños ha sido tratado con más amplitud y provisionalmente resuelto con más acierto que en el caso de la literatura para jóvenes.

 Mi opinión, y me refiero ahora a la literatura en general, es que resulta extremadamente complejo, por no decir imposible, establecer cómo debe ser una obra literaria, qué “ingredientes” ha de tener esa obra, si se me permite la imagen gastronómica, para que podamos afirmar que es una obra que posee “calidad literaria”. No hay más que revisar la multiplicidad de opiniones, enfoques y planteamientos que al respecto nos ofrece la historia de la crítica literaria para darnos cuenta de que ninguno de ellos ha sido capaz de elaborar una respuesta totalizadora. La estilística, desde las propuestas ya clásicas de autores como Croce, Vossler, Spitzer, Alonso..., y la crítica textual a partir de conceptos como el de la literariedad establecido por el formalismo ruso (Jakobson, Tomashevskji, Eichembaum, Propp...) o la crítica inmanente del texto literario establecido por el new criticism (Ranson, Tate, Brooks, Welleck...)  han intentado aportar algo desde el análisis de la materia expresiva, del estilo, del uso de los recursos lingüísticos y literarios presentes en una obra literaria y ahora podemos diferenciar una obra literaria de otra que no lo es, pero sigue siendo problemático discriminar los factores textuales o de estilo por los cuales pudiéramos afirmar que una obra literaria tiene más calidad que otra. 



Efectivamente, el criterio estilístico y textual, con ser un elemento de indiscutible valor para explicar la esencia de lo literario, no es suficiente por sí solo para establecer de manera objetiva la “cualificación” literaria o estética de una obra determinada. El gusto y las preferencias estéticas, así como la capacitación o el enfoque hermenéutico del receptor literario, son condicionantes que aportan, una carga de subjetividad imposible de evitar y que aumenta si ese receptor es un lector joven, relativamente poco experimentado o competente en la valoración de textos literarios. Es muy excepcional que las lecturas que “funcionan” entre los jóvenes, y hablamos de lecturas espontáneas, no obligadas, “funcionen” por su calidad literaria, por su excelencia estilística. 

Ningún joven que en su día leyó las historias del Kronen, sin querer desmerecer en absoluto otras virtudes de esta obra, lo hizo por la excelencia del estilo, ni recomendó su lectura a otros jóvenes por su riqueza léxica, ni por la armonía o profundidad de sus párrafos. Estos y otros criterios parecidos de valoración y captación de la obra literaria sirven sólo para los profesores o para los críticos literarios, pero dejan más bien “frío” al lector joven. Como dice Moreno, refiriéndose a cómo recibe el lector joven una obra literaria, “La literatura considerada como simple sede de la belleza no posee fuerza penetrativa” (Moreno, 1985, p.  97). Y esto, sin duda, es especialmente cierto, y conviene remarcarlo-, en el caso del lector joven.








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