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El lector joven

 



                                                           

                                                               EL LECTOR JOVEN



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Debemos comenzar por tener en cuenta la franja de edad a la que nos referimos cuando hablamos de lector joven. Como es obvio, hablamos de un lector “intermedio”, un lector que ha rebasado la etapa infantil (6-12 años) y que todavía no se encuentra en la fase del lector adulto (18 años en adelante).  Aludimos específica-mente a un lector adolescente, suficientemente estudiado por la psicología, cuya edad va desde los 13 a los 17-18 años.  Es un lector al que las editoriales, por evidentes razones de mercado, han identificado hace tiempo, pero muchas veces al margen de una mínima caracterización literaria, fuera de la meramente comercial. Parcialmente en contra (y sólo parcialmente en contra) de lo que aseguran algunos autores que afirman que es en estas edades cuando se pueden producir las “primeras rupturas” definitivas con la lectura, Olaziregi resume los resultados de un reciente estudio suyo sobre los jóvenes y la lectura. Entre las conclusiones a las que llega, me gustaría destacar al menos estas tres: en primer lugar, “Hablar de lectura en España conlleva, la mayoría de las veces, subrayar el bajo índice de lectura que en la actualidad tenemos respecto a Europa”; en segundo lugar, “Según afirmaciones que han sido reiteradamente contrastadas en todos los estudios sociológicos sobre la lectura, los jóvenes son los que con más frecuencia leen.  El índice de lectura es muy alto entre los 16 y 24 años y decrece, de forma manifiesta, a partir de los 40.; por último, “...  la finalización de la Enseñanza Secundaria Obligatoria incide negativamente en el hábito lector de muchos adolescentes” (Olaziregi, op. cit. pp. 7-12).   A nuestro juicio, cualquier aproximación al mundo de la LJ, ya sea desde el punto de vista editorial, ya desde el punto de vista formativo o estrictamente literario, debería partir de una premisa básica a saber:  el destinatario de esa literatura -asumiendo todas las salvedades que se quieran hacer es una persona a la que le gusta leer y que además lee con cierta frecuencia.

 



No pretendemos establecer el perfil del lector juvenil tipo o ideal, entre otras razones porque no estamos de acuerdo con que este lector ideal exista más que como pura abstracción.  Coincidimos plenamente con Moreno cuando se pregunta lo siguiente: “Y cuando hablamos de lector juvenil, ¿de qué lector estamos hablando? La mayoría de los analistas parecen hablar de un lector universal, homogéneo y uniforme, cuando lo cierto es que dicho lector es una entelequia” (Moreno, 1995, p. 34). Aun así, y admitiendo el riesgo de caer en ciertas inexactitudes y simplificaciones, me parece oportuno introducir alguna pequeña matización en torno a este lector joven al que venimos refiriéndonos. En  contra  de  la  opinión  de  Nobile  (  1992),  que  se  muestra  partidario  de  la expresión  “literatura  infantil  y  juvenil”  para  englobar  sin  mayores  precisiones  a  la literatura dirigida al “sujeto en formación”, pensamos que no es igual un lector de 13años, es decir, un lector cuya etapa psicoevolutiva se encuentra en la “primera adolescencia”, que un lector de 17-18 años que se encuentra en la segunda fase de la adolescencia y cuyo estadio de maduración, superada la pubertad, está más avanzado y se define por otras necesidades interiores y por otras maneras de entender la realidad. La distancia entre uno y otro es más grande de lo que pudiera parecer a simple vista. Para el primero, el lector adolescente, nos parece justificada una literatura adaptada, orientada a las capacidades y a las necesidades psicológicas y hasta esté-ticas, que este estadio psicoevolutivo parece imponer con bastante evidencia. Es aquí donde resultaría pertinente pensar en una literatura adaptada a partir de los géneros literarios  más  clásicamente  juveniles  (aventura,  fantasía,  misterio  o  terror,  ciencia ficción, ...), o de los últimos géneros literarios que muy recientemente se proponen como literatura para jóvenes (psico literatura,  realismo idealizado...).Para el lector joven , en cambio, proponemos una literatura “a secas”, sin más aditivo que la calidad literaria y que no renuncie a las cualidades de orden estético que esa calidad pueda exigir.  Muy al contrario, insistimos en lo mismo que decíamos al principio de este artículo: mejoremos la capacitación lectora, la competencia literaria de ese lector joven. No fabriquemos, a base de renuncias y simplificaciones, una literatura a la medida del joven; capacitemos al joven para leer literatura. Uno de los mayores errores en los que puede incurrir la literatura juvenil es en el exceso de adecuación, hasta el punto de provocar el rechazo del lector joven al que teóricamente se orienta.  Por otra parte, deberíamos ser conscientes de que cuando se habla de lector joven se alude a un lector de transición, un lector puente entre el lector infantil y elector adulto, y que además no se trata, como hemos apuntado más arriba, de un lector completamente homogéneo ni uniforme, sino que presenta en el ceño de esa misma fase de lectura juvenil al menos dos etapas distintas: una etapa de lectura adolescente y una etapa de lectura juvenil. A partir de aquí deberemos admitir que las lecturas destinadas al lector adolescente tienen que ser distintas de las lecturas infantiles, aunque en algún caso sir-van todavía, pero, a su vez, deberán diferir de las lecturas del lector joven. Mi opinión es que estamos obligados a marcar con total nitidez una frontera interior entre ambos lectores (el adolescente y el joven) y a afinar mucho más el criterio de selección de obras para ambos, puesto que las que valen en un caso, casi con toda seguridad, no funcionarán en el otro.  Uno y otro lector pueden rechazar una lectura determinada por ser excesivamente infantil o por ser excesivamente madura. A nuestro juicio aludir a la literatura juvenil, sin hacer esta elemental discriminación interna puede inducirnos a errores también bastante elementales, pero sumamente graves, sobre todo en el momento de proponer unas lecturas u otras. Por si todo esto fuera poco, el perfil de este lector joven (seríamos más precisos si dijéramos lector adolescente) es, desde el punto de vista psicológico, un per-fil extremadamente complejo y fugaz y esto complica aún más la elección de las lecturas. Como señala Rodríguez Almodóvar, refiriéndose al adolescente, “... cuando los adultos finalmente admitimos que son adolescentes, lo normal es que ya hayan dejado de serlo” (Rodríguez Almodóvar, 1994, p.19). A pesar de todo esto, las actuales colecciones juveniles, en opinión de Teixidor, no asumen las variables básicas que hemos apuntado anteriormente y la oferta editorial para jóvenes es bastante caótica. “La anarquía denunciada y la falta de criterios se producen  en muchas colecciones que simultanean títulos de autores clásicos convertidos en obras destinadas a los jóvenes por su cercanía con el género blanco  o a otros géneros populares, como el de aventuras  o  detectives,  con  autores  como  Jack  London  o  Herman  Melville,  junto  a  aportaciones recientes que son sólo un sucedáneo insatisfactorio, con el agravante de que a veces se trata de la enésima y edulcorada o simplificada versión de un tema ya existente en obras de más calado literario y  moral” (Teixidor, 1995, p. 12).Una de las tareas importantes, y todavía pendientes de realizar en el mundo de la LJ,  es organizar algo más esa “anarquía” , preparando una oferta de libros juveniles más acorde con las necesidades y gustos del lector adolescente (que no joven),tal  como  se  ha  hecho  en  el  caso  de  las  lecturas  infantiles.  Es un compromiso que deben asumir las editoriales y que los autores de literatura juvenil deben interiorizar cuando escriben sus obras.



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